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Incertidumbre en cuarentena

Emociones, conductas y cuarentena.

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal
El Inmortal, J L Borges


Finalmente se extendió la cuarentena. Una vez más escuchamos con atención, por si acaso, por si aparece un detalle, algo, que nos permita hacer algo más: el viernes santo nos ‘premiaron’ con la posibilidad de salir a hacer ejercicio, que fue para atrás al día siguiente. Esta vez con la posibilidad de salir una hora, a caminar, a estirar las patas (y la de nuestros niños) una horita, a 500 metros… con el mismo destino final: bueno, no se puede.

Mucho se dijo ya de los efectos de la cuarentena: el confinamiento no es para nosotros. No estamos preparados para semejante cambio. Somos una especie gregaria, sujeta a estructuras, con costumbres que implican necesariamente movernos… y estructurados. 

Cuando se estableció el confinamiento, con el efecto sorpresa repercutió de formas tan variadas como personas: algunos con humor (los memes estuvieron a la orden del día), otros con desregulación emocional, otros “como si nada”… y fueron pasando los días. Entendimos que establecer una rutina era necesario y empezamos a desempolvar esas cosas que teníamos pendientes: ordenar el guardarropa, terminar ese libro y arrancar todos esos que están esperando en fila, estudiar, aprender. 

Nos sacamos el pijama y nos vestimos para estar en casa, nos pusimos a hacer una rutina de ejercicios. 

Pasados los 21 días, según esa teoría que dice que se necesitan entre 21 y 28 días para que un hábito o rutina se adapte a nuestro día a día, nuestras actividades by cuarentena se nos volverían hábito.

Pero pasaron más de 100.

Sin embargo, al parecer, una vez pasado el entusiasmo, aparece el desgano. El problema es que es primo de la desesperanza.

Qué falló?

En términos filosóficos, somos la única especie que tiene conciencia de su finitud. Desde el momento que podemos llamarnos a nosotros mismos también aprendemos que no somos eternos. Y es a partir de ello que, entre nosotros y ese momento, anteponemos proyectos, damos un sentido a lo que hacemos, encontramos una vocación, nos ponemos a trabajar, adquirimos hobbies, nos enamoramos, nos peleamos, militamos, estudiamos, y la lista de etcéteras es virtualmente infinita. La variable tiempo es indispensable, funciona como borde y como límite, como camino y como coordenada. 

En noviembre de 2003, los Simpson (si no aparece en Los Simpson no existe, reza el mito) proyectaron su capítulo Treehouse of horror XIV, con motivo de Halloween. Entre otros segmentos hay uno llamado Stop the World, I Want to Goof Off en el que relata cómo Bart y Milhouse encuentran el anuncio de un reloj mágico que puede detener el tiempo. Ambos deciden comprarlo y resuelven que pueden hacer lo que quieran. Entonces comienzan a hacer bromas pesadas deteniendo el tiempo y luego reiniciándolo, como bajarle los pantalones al Director Skinner, hacerle desaparecer roscas a Homero y luego desapareciéndole la ropa y dejándolo desnudo. Durante una reunión en la Alcaldía de la ciudad, el Alcalde Quimby ha cubierto la sala de polvo ultravioleta para detectar huellas digitales y encontrar a los culpables, que son Bart y Milhouse. Una gran multitud empieza a perseguir a Bart y a Milhouse y éstos logran detener el tiempo justo antes de que los alcanzaran.

Desafortunadamente, el reloj se rompe, causando que Bart y Milhouse no puedan reiniciar el tiempo y aunque al principio les parece divertido, al poco tiempo se aburren. 

En la otra punta del mismo continuum, J L Borges aborda el tema en su inconmensurable cuento “El Inmortal”. Relata las memorias de un hombre que se había hecho del tiempo, la inmortalidad. “Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”. Esto es, aquel que tiene todo el tiempo, es todos y a su vez no es nadie. En este caso no es aburrimiento, es deseperanza.

Ahora bien, en términos no ficcionales, entre el encierro y la incertidumbre hemos el señuelo del límite. No sabemos cuándo la cuarentena termina y aquello que nos pareció una oportunidad de hacer ‘todo eso’ que teníamos pendiente se volvió un ‘Si total lo puedo hacer mañana’. 

La extensión de 15 en 15 se convirtió en la nueva versión del cuento del lobo: ya perdimos el interés a cambio del rumor que dice que esto no termina más.

Dicho esto, la teoría tan atractiva de los 21 días para el hábito es falsa. Phillipa Lally, un investigadora de salud en el University College de Londres, publicó un estudio en European Journal of Social Psychology: Los resultados de su investigación, tras examinar los hábitos de 96 personas durante un período de 12 semanas, señalaron que de media les llevó más de dos meses -66 días para ser exactoconvertir un cambio en un comportamiento automático. 

El desgano, término que trepó al top five de los más escuchados esta semana, se convierte en desesperanza. El monstruo del desánimo. El pensamiento negativo se apropia de nuestra mente en una espiral descendiente y comenzamos a pensar que intentarlo no vale la pena

Es normal, también es normal en este contexto donde nada es lo que debería ser. Nos preparamos para crisis pasadas, no para las impensadas. 

Para contrarrestar, para quitarle un poco de peso muerto, proponemos, en primera instancia, un acto de disciplina, un dejo de obligatoriedad a lo que sea que estemos haciendo que funcione de carril, que nos permita que al final del día nos encontremos frente a la tarea cumplida, con lo que eso implica. El cerebro se ocupa del resto: frente a la satisfacción de la tarea cumplida, de tachar de la lista un pendiente, se activa algo llamado “sistema de recompensas”, un conjunto de mecanismos que permite que asociemos ciertas situaciones a una sensación de placer (dopamina para todxs!). De este modo, a partir de esos aprendizajes tenderemos a intentar que en el futuro las situaciones que han generado esa experiencia vuelvan a producirse de forma que siempre tengamos como referencia una brújula que apunte de manera consistente hacia ciertas fuentes de motivación, que, de repetirse, finalmente se convierten en hábito. No es magia, claro, pero nos va a permitir evitar el desorden y todo lo que eso implica.

Convertir la espiral descenciente en ascendente es nuestra tarea para lo que queda de la cuarentena.


Junio de 2020

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