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El miedo y la valentia

La valentía de aceptar y entender nuestros miedos para poder superarlos.

En el año 2000 se estrenaba “Sexto sentido”. Ya hace más de 20 años (no puede ser!) pero aun recordamos la cara del pequeño Cole diciendo “I see dead people”. Un flash.

Un año después aparecía Los Otros. Una tremenda Nicole Kidman encarna a Grace, una madre obsesiva y sobreprotectora. Vivía en una casona en una isla británica con sus dos hijos, que padecen de fotofobia, mientras espera a su marido que está en el frente de batalla. La historia transcurre en los años de la segunda guerra.

Aviso importante. Alerta de spoilert! Si no viste alguna de las dos, o ninguna, y te interesa verlas, detenete ahora porque te voy a contar el final.

Hecho el anuncio, sigo. Qué tienen en común estas dos películas?

Los muertos! O, mejor dicho, el miedo a los muertos.

Resulta que Cole, un niño de 8 años, está lógicamente aterrorizado. No deja de ver gente muerta a troche y moche lo que hace que se mantenga aislado. Su madre, con quien vive en una situación económica un tanto precaria, está preocupada por él. Ya no sabe qué más hacer.

Bruce Willis encarna al Dr Malcom Crowe, un atormentado psicólogo que intenta ayudarlo, con un devastador antecedente a cuestas respecto de otro paciente que terminó suicidándose. Además su matrimonio está en crisis desde entonces.

Cole le cuenta lo que sucede. Estas almas atormentadas vienen a buscarlo, lo rondan, le muestran escenas espeluznantes. él está aterrado, no puede con esto. Su vida es un calvario y no tiene a dónde ir. Su madre está harta de todo. él sabe que no le puede ir con esto porque, además, no lo creería: también es mucho para ella. Pero cuando aparecen los típicos indicios (la temperatura baja, siente un olor característico, etc) entra en pánico. El Dr. Crowe sostiene que Cole podría padecer una esquizofrenia infantil. Y, en esa escena que todos recordamos, él le dice que seguramente los muertos vienen a decirle algo y si sigue huyendo nunca va a saber de qué se trata.

En Los Otros se aborda el asunto de una manera un tanto diferente. Grace es una ferviente y severa madre católica, viviendo en ese caserón un tanto escalofriante al que se muda mientras espera que su marido vuelva de la guerra. Se desvive por sus hijos que no pueden tener contacto con la luz solar por su fotofobia, recluidos todos en un mundo nocturno y de puertas cerradas, mientras todo trascurre a la luz de las velas. Contrata tres sirvientes que solían trabajar en esa misma casa, con los anteriores dueños. Uno de ellos, la mas joven, es muda desde que era una niña por culpa de una enfermedad.

De pronto, empiezan a pasar cosas. Los chicos, como siempre un poco más flexibles, lo ven más fácilmente. La madre se empeña, a través de retos y castigos, en negarlo, va en contra de sus creencias. Pero en esa casa, indudablemente, pasan cosas que no son de este mundo.

En las dos películas acompañamos a los protagonistas, vemos el discurrir de las circunstancias a través de sus ojos, nos estremecemos con sus especulaciones, que son las nuestras, nos asustamos con sus miedos.

En Sexto sentido, a través del dr Crowe vemos cómo Cole decide hacerle caso. Y sucede. Una noche percibimos el pródromo, Cole empieza a tiritar. Automáticamente huye, se esconde en una especie de fuerte que él a construido con sábanas (quien no!). Jadea, está en pánico. Vemos cómo eso que viene a verlo se acerca, y esta vez, pálido como si el fantasma fuese él, decide enfrentarlo. En efecto, la aparición era la de una niña, visiblemente enferma (a esta altura sabemos o presumimos que los muertos tienen el aspecto que ostentaban al morir, al menos los que tienen asuntos pendientes) que venía a pedirle un favor. Ella había muerto en manos de su madre quien padecía Munchausen por poder (Es una enfermedad mental y una forma de maltrato infantil. El cuidador del niño, con frecuencia la madre, inventa síntomas falsos o provoca síntomas reales para que parezca que está enfermo con el fin de recibir atención), y la había envenenado. Lo que ella le pedía es que Cole le dé a su papá un video en la que daba cuenta de esto, de lo contrario su hermana pequeña correría con la misma suerte. Es ahí que la película da un giro, el primero de ellos.

En el caso de Los Otros, ya pasada más de la mitad de la película vemos que Grace no da crédito a lo que sospecha, se niega, al punto de que agarra una escopeta y va en busca de lo que sea. Y se lo encuentra de frente. Sólo que, en este caso, eso que no quería encontrarse está encarnado en ella. Lo terrorífico era la verdad. Quienes estaban ocupando la casona eran ellos. Tanto ella y sus hijos como los tres sirvientes contratados eran los muertos, los fantasmas. Y la historia que subyace a este andamio sobre el que transcurría todo la interpela a ella, la pone en el ojo de la tormenta y la hace tragarse un tremendo sapo, tiene que elegir. Finalmente se hacer cargo y literalmente se aclara el panorama. La oscuridad a la que se veían condenados desaparece (los muertos no sufren fotofobia, eso lo sabemos todos). Ella deja de esperar a su esposo, también muerto, y se dedica a hacer lo que sabe: ser dueña de su casa. Y son libres, porque la verdad libera.

Ambas historias tienen que ver con los miedos y con hacerse cargo. Tanto Cole como Grace se ven impelidos a actuar con valentía. Ser valiente no tiene que ver con no tener miedo sino justamente con tenerlo y actuar a pesar de ello. Actuar con miedo. En este caso es razonable, no me imagino una vida llena de muertos como él (y muertos que piden, encima) o tener que vivir con semejante historia y desenlace a cuestas como ella. Sin embargo también aplica a circunstancias más terrenales: tomar decisiones, hacer cambios, terminar con cosas que nos hacen mal… todo lo que requiera dejar de actuar en automático da miedo, no deja de ser un salto al maldito vacío. ¿Pero es un maldito vacío?

Una amiga me dijo algo una vez que no me olvidé nunca jamás: “saltá, es un precipicio y parece que no pero saltá, abajo hay agua y hasta está calentita”. Y tenía razón, salté y fue lo mejor que pude haber hecho. No porque hubiese agua o no, ese no es siquiera el punto, tenía razón porque dejé de padecer lo que por miedo no me animaba a cambiar.

Grace y Cole nos demuestran eso. Ambas historias son una genial metáfora de algo tan cotidiano como los cambios, y el miedo. Si nos quedamos en el molde nada nuevo va a pasar y seguiremos siendo esclavos de nuestros fantasmas, sólo dando el salto es que podremos hacer algo al respecto.

Mientras escribía esto recordé qué pasó cuando Will, haciéndole caso a Bob, el novio de su mamá, decidió hacerle frente al demogorgon, en Stranger Things. Will desaparece. Lejos de ser como en Sexto Sentido o Los otros, en este caso se lo lleva puesto. Pero es de esa manera en que no sólo tenemos una historia para contar, sino que él y sus amigos encuentran la manera de resolver, casi del todo, lo que estaba sucediendo. Es decir, incluso con el resultado no deseado sigue siendo necesario para salir del otro lugar, el anterior, de donde era imperioso salir.

Y todo esto lo descubre también Cole. Finalmente, al igual que Grace, le toca el turno de enfrentar su propia historia. Todo este camino fue un rodeo “necesario” para poder acceder a su propio desenlace. él también estaba muerto, pero fue sólo al descubrirlo que pudo desenredar su propia existencia. El estaba muerto y no había sido capaz de hacerse cargo de eso. Sólo cuando dejó de resistirse pudo encontrar las respuestas, hacer su propio duelo y seguir adelante. Ser libre.

 

Epsi – Septiembre 2020

 

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